Ya se aproxima el fin del año 2005, un año que me ha presentado muchos desafíos y preocupaciones como vicepresidente de la Unión. Para mí el año 2005 será inolvidable, no tanto por los problemas que tuve que enfrentar sino por un gran milagro que ocurrió en nuestro campo.
Un día sonó el teléfono en la oficina y al contestarlo descubrí que era un pastor que deseaba hablar conmigo en persona. Cuando empezó a contarme algo de su situación me di cuenta que su historia era algo muy especial y decidí ir personalmente a verlo. Por razones de privacidad relato la historia sin revelar el nombre del pastor ni el lugar donde esto ocurrió.
Antes de venir a los Estados Unidos, este pastor trabajaba como administrador en una de las asociaciones de la División Interamericana. El año pasado fue invitado a dar una campaña evangelística en una de las iglesias de nuestra Unión. Al terminar la campaña, se le hizo la invitación para que se hiciera cargo de una de las iglesias de nuestro territorio. Después de orar y consultar con su familia, decidió aceptar el llamado y se trasladó con su familia a su nuevo distrito.
Cuando el pastor se presentó por primera vez en la iglesia, encontró que no había nadie en la iglesia donde se pensaba que estaban alquilando. Al hacer sus averiguaciones descubrió que por razones de ciertos conflictos que había en la iglesia, todos los hermanos habían dejado de asistir como congregación hacía ya más de cinco meses.
Después de consultar con algunos líderes de la asociación decidió visitar a los hermanos. Desafortunadamente, nadie manifestó interés de regresar a la iglesia. El pastor se encontró en lo que parecía como una verdadera pesadilladespués de venir de tan lejos, ¡ahora se encontraba en un país extraño como un pastor sin redil!
¿Qué hacer ahora? Un colportor se acercó al pastor y le dijo: Yo estoy sembrando muchas semillas en esta ciudad pero me queda poco tiempo para atender a las personas interesadas. Necesito que usted me ayude a cosechar lo que estoy sembrando. El pastor aceptó el desafío y empezó a visitar, casa por casa, a aquellas personas que parecían tener interés en escuchar la Palabra de Dios. Después de varios meses decidió reunir a los interesados para congregarse como iglesia. Oró para conseguir un templo y descubrió una iglesia bautista que estaba dispuesta a prestarles su edificio los sábados, ¡sin cobrarles nada!
Cuando visité la iglesia en el mes de octubre había cuarenta y dos personas asistiendo al culto, la mitad recién bautizados y la otra mitad estudiando la Biblia con el pastor. ¡Alabado sea nuestro gran Dios!
El Señor me enseñó una hermosa lección con esta experiencia, y es la siguiente: Aunque Satanás ataque la iglesia, no tenemos nada que temer si ponemos nuestra confianza en Dios y nuestras manos a la obra para cumplir su misión, pues la iglesia de Dios seguirá caminando victoriosa.
Carmelo Mercado es el vicepresidente general de la Unión del Lago.