“Dios ha comprado el alma de cada niño. Desea que la preciosa vida que Jesucristo redimió sea formada y moldeada semejante a un palacio, de manera que Cristo pueda ser entronizado como el rey del alma” (Manuscript Releases, Vol. 8. p. 66).
En el pasado mes de junio mi esposa y yo junto con varios jóvenes de nuestra Unión del Lago pasamos dos semanas en Perú, dando campañas evangelísticas en distintas iglesias de la ciudad de Lima.
Yo tuve el gran privilegio de dar mi campaña en la iglesia de Miraflores. Esa iglesia es la iglesia adventista más grande de la ciudad y se distingue por contar con el nombrado Colegio Adventista de Miraflores. Además de predicar en la noche a los adultos, cada mañana tuve la oportunidad de hablar a más de 250 niños, de los cuales un 40% no son adventistas. Un día hice un llamado para el bautismo. Más de 20 niños tomaron su decisión. Luego, el pastor asociado de la iglesia y yo nos sentamos con ellos, individualmente, para evaluar su preparación para el bautismo. Lo que más me impresionó fue que a la mayoría de ellos, a pesar de no tener padres adventistas, les gustaba la enseñanza de la Biblia en la escuela y dijeron que amaban a Jesús.
Una niña de unos once años me impactó de una manera especial. Me explicó con mucha claridad las razones por las cuales ella quería ser bautizada. También me explicó que su mamá no iba a ninguna iglesia pero que deseaba que fuera con ella a la iglesia adventista los sábados. Luego, me dijo lo siguiente: “Mi deseo más grande es que mi mamá se bautice conmigo”.
En verdad, no sé cómo es que la niña llegó a inscribirse en esa escuela. Pero al escuchar sus palabras pude ver en forma viva el beneficio principal de la educación cristiana. No hay duda que nuestras escuelas adventistas deben dar una educación excelente para preparar a sus alumnos para vivir en este mundo. Pero en sí, lo más importante y lo que se debe tener siempre como prioridad es que nuestras escuelas tengan como propósito principal presentar a Cristo como el Salvador del mundo. Como resultado de ser alumna en esa escuela, esa niña recibió a Cristo como su Salvador. No tengo duda que con el tiempo su mamá la acompañará. Esto me dice que vale la pena hacer cualquier sacrificio para que nuestros niños asistan a nuestras escuelas.
Mi pregunta principal a los padres es: “¿Reciben sus niños la educación que vale la pena?″
Carmelo Mercado es el vicepresidente general de la Unión del Lago.